Parce, le cuento que ese sábado me desperté con una calentura brava y la duda de si ir o no a ese sitio que tanto mencionan, así que, ni corto ni perezoso, me puse la pinta, arranqué en la moto y la parqueé a unas cuadras, con el corazón latiendo a mil antes de cruzar la puerta.
Al llegar, solté los 65 mil me pusieron la manilla y me adentro a ese terreno que, siendo sinceros, no es precisamente un hotel de lujo —porque las camas son regulares, de esas que hacen ruido, y el lugar se llena rápido de manes, restándole cualquier rastro de intimidad—, pero uno no va a ver la decoración, sino a lo que va.
Si llega temprano, como yo, se encuentra con un ramillete de chicas —muchas venezolanas, otras colombianas, todas divinas y muy amables— que le cambian la perspectiva a cualquiera; la cosa se puso intensa de una, me acerqué a la primera y, ¡uf!, qué delicia de roce, un polvo que me dejó la sangre hirviendo con. Oral al natural (me tocó soltar 40 más a la chica), y sin dejar enfriar el ambiente, apenas 20 minuticos después ya estaba con la segunda, sintiendo esa piel tan suave y el calor de un encuentro frenético, y para cerrar con broche de oro antes de que se me acabaran las dos horas que da la promoción, me mandé con la tercera, dejándolo todo ahí hasta que el cuerpo ya no me dio para más.
Es un reto físico, parce, porque uno tiene que recuperar fuerzas en nada de tiempo, y aunque el sitio es regular tirando a malo y la experiencia es más para medir el aceite y desfogarse que para un romance, le doy un 7/10 por la adrenalina y la buena compañía, algo que valió la pena vivir una vez aunque no sea para repetir